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Dragon de Komodo
Varanus komodoensis
Información:
Nombre Varanus komodoensis
Ecosistema Jungla Seca monzonica
Longevidad mas de 50 años
Ecozona Indomalaya
Taxonomía:
Dominio Eukaryota
Reino Animalia
Filo Chordata
Clase Sauropsida
Orden Squamata
Familia Varanidae
Género Varanus
Especie Varanus Komodoensis
Subespecie
El dragón de Komodo (Varanus komodoensis), también llamado

o monstruo de Komodo y varano de Komodo, es una especie desaurópsido de la familia de los varánidos, endémico de algunas islas deIndonesia central. Es el lagarto de mayor tamaño del mundo, con una longitud media de dos a tres metros y un peso de unos 70 kg. A consecuencia de su tamaño, son los superpredadores de los ecosistemasen los que viven. A pesar de que estos lagartos se alimentan principalmente de carroña, también cazan y tienden emboscadas a sus presas, que incluyen invertebrados, aves y mamíferos.

La primera vez que científicos occidentales estudiaron los dragones de Komodo fue en 1910. Su excepcional tamaño y su reputación de animal temible los convierte en uno de los animales más populares de loszoológicos. En estado salvaje son una especie amenazada; su ámbito de distribución se ha reducido debido a las actividades humanas y están catalogados como vulnerables en la Lista Roja de la UICN. Están protegidos por la ley indonesia, y un parque nacional, el Parque Nacional de Komodo, fue fundado en 1980 para contribuir a su conservación.

Descripción

Aunque los machos por lo general son de mayor tamaño, no hay diferencias morfológicas obvias entre los sexos. Los jóvenes son de color verde con zonas amarillas y negras y los adultos, con un tono opaco y uniforme, de color marrón a rojo grisáceo. Sus cuerpos robustos están uniformemente cubiertos de ásperas escamas.

Es el lagarto de mayor tamaño del mundo, con una longitud media de dos a tres metros y un peso de unos 70 kg. En la naturaleza, un adulto mide unos 2,5 m y pesa de media unos 70 kg, aunque los especímenes en cautividad a menudo pesan más. El espécimen salvaje más grande conocido midió 3,13 metros de longitud y pesó 166 kg (incluida la comida sin digerir). A consecuencia de su tamaño, son los superpredadores de los ecosistemas en los que viven

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La gran cola del dragon de Komodo utilizada de Latigo

Su inusual tamaño se atribuía generalmente al gigantismo insular, ya que no hay otros animales carnívoros que puedan ocupar el nicho ecológico de las islas en las que viven. Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que su gran tamaño se entiende mejor como un vestigio aislado de una antigua población de grandes varánidos que vivían en Indonesia y Australia, la mayor parte de los cuales, junto con otra megafauna, fue descastada tras su contacto con los humanos modernos. Se han encontrado en Australia fósiles muy similares a V. komodoensis de más de 3,8 millones de años de antigüedad, y su tamaño permaneció estable en Flores, una de las pocas islas indonesias donde se le puede encontrar en la actualidad, desde que esta isla (junto con sus vecinas) fueron aisladas por los crecientes niveles del mar hace unos 900.000 años.

Tiene una cola fuerte y musculosa tan larga como su cuerpo, y aproximadamente 60 dientes serrados, que se cambian a menudo y que pueden medir hasta 2,5 centímetros de largo. Su saliva suele estar manchada de sangre, puesto que los dientes están casi cubiertos de tejido gingival que se daña de forma natural durante la masticación. Esto crea un cultivo ideal para las virulentas bacterias que viven en su boca. Tiene una lengua larga y amarilla, marcadamente bifurcada.

Sentidos

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Dragon de Komodo utilizando su lengua para detectar el rastro de su alimento

El dragón de Komodo no tiene un sentido del oído particularmente agudo, a pesar de sus visibles conductos auditivos, y sólo es capaz de oír sonidos entre 400 y 2000 hercios. Es capaz de ver hasta una distancia de 300 metros, pero dado que sus retinas sólo contienen conos, se cree que tiene una pobre visión nocturna. Es capaz de percibir el color, pero tiene una pobre discriminación visual de objetos inmóviles.

Usa su lengua para oler, detectar sabores y percibir estímulos, al igual que otros muchos reptiles, utilizando el órgano de Jacobson y que le ayuda a orientarse en la oscuridad. Con la ayuda de un viento favorable y su hábito de balancear a su cabeza de un lado al otro cuando andan, son capaces de descubrir carroña a distancias de 4 a 9,5 km. Las fosas nasales de estos animales no son de gran utilidad para percibir olores, dado que carecen de diafragma. Tan solo cuenta con unas pocas papilas gustativas en la parte de atrás de la garganta. Susescamas, algunas de las cuales están reforzadas con hueso, tienen placas sensoriales conectadas con nervios que facilitan su sentido del tacto. Las escamas alrededor de los oídos, labios, barbilla y planta de los pies pueden tener tres o más placas sensoriales.

Ecologia

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Dragon de Komodo Tomando el Sol

El dragón de Komodo prefiere lugares cálidos y secos, y suele vivir en prados abiertos con hierbas altas y arbustos, sabanas y zonas bajas de bosques tropicales, aunque también pueden encontrarse en otros hábitats como playas y lechos secos de los ríos. Los jóvenes son arbóreos y viven en regiones arboladas hasta los ocho meses de edad.

Como animal ectotermo, es más activo durante el día, aunque también manifiesta cierta actividad nocturna. Son fundamentalmente solitarios, y sólo se reúnen para emparejarse y comer. Son capaces de correr a gran velocidad en breves carreras de hasta 20 km/h, de zambullirse a una profundidad de 4,5 metros, y de escalar árboles con facilidad cuando son jóvenes gracias a sus fuertes zarpas. Son buenos nadadores, y pueden recorrer grandes distancias a nado para alcanzar islas vecinas. Para cazar presas que están fuera de su alcance, puede ponerse de pie sobre sus patas traseras usando la cola como apoyo. A medida que el dragón de Komodo madura, utiliza sus garras principalmente como arma, dado que por su gran tamaño se vuelven poco prácticas para escalar.

Para refugiarse excavan madrigueras que pueden medir entre uno y tres metros de ancho con sus potentes patas y zarpas delanteras. Debido a su gran tamaño y a su costumbre de dormir en estas madrigueras, es capaz de conservar el calor corporal durante la noche y minimizar el tiempo que tiene que tomar el sol durante la mañana. Caza generalmente por la tarde, pero permanece a la sombra durante la parte más calurosa del día. Utilizan unos lugares especiales de reposo, habitualmente situados en cornisas con una fresca brisa marina, que están marcados con excrementos y limpios de vegetación y que también sirven como un punto estratégico desde dondeemboscar ciervos.

Alimentación

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Grupo de Dragones de Komodo comiendo una carcasa

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Un Dragon Comiendo un Buey

Los dragones de Komodo son carnívoros. Aunque se alimentan fundamentalmente de carroña,  también tienden emboscadas a presas vivas acercándose sigilosamente. Cuando una presa adecuada llega cerca de su lugar de emboscada, la ataca rápidamente lanzándose sobre el vientre o el cuello del animal. Es capaz de localizar sus presas utilizando su penetrante sentido del olfato, que puede detectar a un animal muerto o agonizante de una distancia de hasta 9,5 kilómetros. Se han documentado casos de dragones de Komodo derribando cerdos grandes y ciervos con su fuerte cola. Es frecuente que las presas grandes sean devoradas por varios dragones, o que, si la presa consigue inicialmente escapar (algunos estudios indican un 30% de fracasos), pero queda herida, sea cobrada finalmente por otro u otros dragones.

Su dieta es muy variada, e incluye a otros reptiles (incluidos dragones de Komodo más pequeños), aves, roedores, serpientes, peces, cangrejos, caracoles y mamíferos como cabras,ciervos, jabalíes y hasta búfalos de agua. Los ejemplares jóvenes se alimentan deinsectos, huevos, gecos y pequeños mamíferos. Se tiene constancia de que en ocasiones han desenterrado tumbas poco profundas para alimentarse de cadáveres humanos.  Esta costumbre de saquear las tumbas hizo que los habitantes de la isla de Komodo las trasladaran de los suelos arenosos a otros de tipo arcilloso y que apilen piedras sobre ellas para evitar estos saqueos.

Según el fisiólogo evolutivo Jared Diamond, el dragón de Komodo podría haber evolucionado para alimentarse del extinto elefante enano Stegodon, que en el pasado vivió en la isla de Flores. También se les ha observado asustando intencionadamente ciervas embarazadas con la intención de que aborten y así poder comerse los restos del feto, una técnica que también ha sido observada en grandes predadores de África.

Dado que carece de diafragma, no puede sorber el agua cuando bebe, ni puede llevarla a la boca con su fina lengua. Por ello, coge un trago de agua, levanta la cabeza y deja que el agua baje por la garganta.

Reproducción

220px-Varan de Komodo Thoiry 1982

Dos Dragones de Komodo Copulando

Las hembras maduran sexualmente de media en torno a los 9 años y los machos en torno a los 10 y, aunque muchos mueren a causa de los depredadores cuando son todavía unas crías, si llegan a adultos pueden vivir unos 50 años. Elapareamiento tiene lugar entre julio y agosto, y la puesta de huevos en septiembre, para evitar los calurosos meses de verano y permitir la posibilidad de un segundo acoplamiento. Durante este periodo, los machos combaten por las hembras y por el territorio, luchando entre ellos levantándose sobre sus patas traseras, hasta que el perdedor queda sometido en el suelo. Los machos pueden vomitar o defecar mientras se preparan para la lucha. El ganador del combate tocará con su larga lengua a la hembra para obtener información sobre su receptividad. Las hembras son hostiles y durante las primeras fases del cortejo sexual se resisten con las zarpas y los dientes, por lo que el macho tiene que inmovilizar completamente a la hembra durante el coito para evitar resultar herido. Las demostraciones de cortejo del macho incluyen frotar el mentón sobre la hembra, fuertes arañazos en la espalda y lameduras. La copulación tiene lugar cuando el macho inserta uno de sus hemipenes en la cloaca de la hembra. Después del acoplamiento, algunos machos se quedan con la hembra durante unos días para impedir a otros machos aparearse con ella. Los dragones de Komodo pueden ser monógamos y formar vínculos de pareja, un comportamiento raro en los lagartos.

La hembra pone los huevos en madrigueras excavadas junto a una colina o en un nido abandonado de talégala de Reinwardt (un megápodo), preferiblemente esto último. Pone una media de veinte huevos, de unos 37 cm de longitud, que tienen un periodo de incubación de 7-8 meses. La hembra los cubre con tierra y hojas y yace sobre los huevos para incubarlos y protegerlos hasta que eclosionen alrededor del mes de abril, a finales de la estación lluviosa y cuando los insectosson abundantes. Salir del huevo es un esfuerzo agotador para los neonatos, que rompen el caparazón por medio de un diente de huevo que les cae poco después. Tras romper las cáscaras, las crías pueden permanecer dentro de ellas durante algunas horas antes de empezar a salir del nido. No hay evidencias que indiquen que prestan algún tipo de cuidados paternales una vez que los huevos eclosionan. Nacen completamente indefensos, y muchos de ellos son devorados por predadores.

Los jóvenes pasan la mayor parte de su primer año de vida subidos en los árboles, donde se encuentran relativamente seguros de depredadores, incluidos dragones adultos caníbales, que tienen en los ejemplares jóvenes el 10% de su dieta. Según David Attenborough, el hábito del canibalismo puede ser ventajoso a la hora de mantener el gran tamaño de los adultos, dada la escasez de presas de tamaño medio en las islas. Cuando los jóvenes se acercan a un cadáver para alimentarse, se revuelcan en materia fecal y en restos de intestinos de animales destripados para disuadir a los adultos hambrientos.

Conservación

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Dragon de Komodo en Animal Kongdom, Disney World

El dragón de Komodo figura en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICNclasificado como especie vulnerable. Hay aproximadamente entre 4.000 y 5.000 dragones de Komodo en estado salvaje. Las poblaciones están limitadas a las islas de Gili Motang (100), Gili Dasami (100), Rinca (1.300), Komodo (1.700) y Flores (quizás unos 2.000). Sin embargo, existe la preocupación de que sólo podrían quedar unas 350 hembras reproductoras. En respuesta a esta preocupación, en 1980 se fundó elParque Nacional de Komodo para proteger las poblaciones de dragones de Komodo en islas como Komodo, Rinca y Padar. Posteriormente se fundaron las reservas de Wae Wuul y de Wolo Tado en la isla de Flores para contribuir en la conservación de estos grandes lagartos. Hay pruebas de que los dragones se están acostumbrando a la presencia de seres humanos, dado que los turistas los alimentan a menudo con cadáveres de animales en varios puntos de alimentación.

La actividad volcánica, los terremotos, la pérdida de hábitat, los incendios (la población de estos reptiles en la isla de Padar fue casi destruida debido a un incendio incontrolable, y desde entonces ha desaparecido), la escasez de presas, elturismo y la caza furtiva han contribuido en conjunto a su actual estado de especie vulnerable. Bajo el Apéndice I del CITES(Convenio sobre el Comercio Internacional de Especies de Fauna y Flora Salvaje Amenazadas), el intercambio comercial de pieles o especímenes de dragón de Komodo es ilegal.

El zoólogo y paleontólogo australiano Tim Flannery ha sugerido que el ecosistema australiano podría beneficiarse con la introducción de dragones de Komodo, ya que podrían ocupar parcialmente el nicho ecológico que los grandes carnívorosdejaron vacante tras la extinción del varánido gigante Megalania prisca. Sin embargo, también aboga por actuar de forma gradual y con gran precaución en estos experimentos de aclimatación, y tener especialmente en cuenta que «no debería subestimarse el problema de depredación de los grandes varánidos sobre los humanos». Flannery pone como ejemplo la exitosa coexistencia con los cocodrilos marinos (Crocodylus porosus) como prueba de que los australianos podrían adaptarse con éxito.

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Mata una cabra. Trocéala. Convence a unos cuantos amigos fuertes para que carguen con tres trampas metálicas de tres metros de longitud y varias bolsas con la carne de cabra durante unos cuantos kilómetros arriba y abajo por colinas empinadas. Olvida el calor y la humedad que te cuecen al vapor. Prepara el primer cepo con pedazos de carne y cuelga unas bolsas en los árboles para «aromatizar» el aire. Date otra buena caminata de varios kilómetros. Pon otro cepo. Recorre cinco o seis kilómetros más y repite la operación. Regresa al campamento. Duerme. Repasa todas las trampas por la mañana y por la tarde durante los dos días siguientes. Lo más probable es que estén vacías, pero si tienes suerte, allí estará: el lagarto más grande del mundo, un gigante con cara de pocos amigos que recibe el nombre de dragón de Komodo.

El hombre que inventó este método no responde a la figura heroica o caballeresca que logra derrotar a un dragón, sino a la de un biólogo y profesor de la Universidad de Florencia llamado Claudio Ciofi, un hombre pulcro, de complexión delgada y de mirada tierna que llegó a Indonesia en 1994 para terminar el doctorado sobre la genética de los dragones. Entonces vio de cerca estas reliquias vivientes. Quedó hechizado. Y no había más científicos que se dedicaran al estudio de la especie. «Esperaba encontrar una organización que estudiase los dragones –recuerda–. Son tan carismáticos e interesantes como los tigres y los orangutanes. Pero no había nadie. Los dragones de Komodo estaban solos.»

Así pues, Ciofi amplió su investigación. Se propuso comprender todos los aspectos de la vida del dragón. Con persistencia y discreción, y gracias a la ayuda de colaboradores indonesios y australianos de primer orden, nos ha ofrecido la mayor parte del conocimiento que hoy tenemos de los dragones y trabaja para aumentar sus probabilidades de sobrevivir a los conflictos del siglo XXI que los acechan. Aunque son dragones y pueden medir hasta tres metros y pesar casi 90 kilos, son vulnerables a los problemas que castigan a tantos otros animales, desde la desa­parición de su hábitat hasta el cambio climático.

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Por supuesto los varánidos, familia a la que pertenece el dragón de Komodo, han sobrevivido a muchos ciclos de cambios. Esta especie en concreto apareció hace tal vez cinco millones de años, pero su género, Varanus, se remonta unos 40 millones de años, y sus ancestros, los dinosaurios, vivieron hace 200 millones de años.

Varanus komodoensis domina el arte de hacer el lagarto: tumbarse al sol, cazar y rapiñar, poner huevos y vigilarlos, sin intención de ejercer la paternidad después de que eclosionen. Vive entre 30 y 50 años, casi todo el tiempo solo y en un área sumamente reducida: solo habita en unas cuantas islas del Sudeste Asiático, todas ellas del archipiélago indonesio.Estas agrestes tierras volcánicas que emergen abruptamente del mar tienen sabanas de palmeras y praderas, y a mayor altitud, zonas boscosas. Pero la mayor parte del año el entorno de los dragones es tan pardusco como su piel, pues la estación monzónica no es más que un breve respiro de verdor.

El testimonio más antiguo de la presencia de este lagarto son quizá las palabras «Aquí moran dragones» escritas en los mapas antiguos de la región. Y seguramente las primeras personas que vieron estos animales habrían añadido: «¡Cuidado!». El dragón de Komodo es un ávido cazador, capaz de alcanzar los 19 kilómetros por hora en carreras cortas. Se embosca para cazar a sus presas, a las que ataca por sorpresa, desgarrándoles el cuerpo por la parte más tierna, normalmente el estómago, o les arranca una pata. Para colmo, podría decirse que echa fuego: de su boca mana una saliva venenosa que impide la coagulación de la sangre, y las víctimas se desangran enseguida. Si la presa logra huir, es probable que las heridas se infecten. De un modo u otro, la muerte está casi asegurada. Y los dragones pueden ser muy pacientes para luego darse el festín.

También son carroñeros. Oportunistas, estos reptiles andan siempre en busca de alimento, ya sea vivo o muerto. Alimentarse de carroña re­­quiere menos energía que cazar, y los dragones son capaces de detectar el olor de un cadáver putrefacto a varios kilómetros. Aprovechan casi todo; no son quisquillosos a la hora de elegir qué partes del cuerpo se comen.

A pesar de las desagradables costumbres alimenticias del dragón, los habitantes de las islas no siempre reaccionan ante él con miedo y re­­pulsión. Un cuento popular indonesio narra la historia de un príncipe que está a punto de matar a un dragón. Su madre, la Princesa Dragona, se le aparece y le dice: «No mates a este animal. Es tu hermana Orah. Os parí a la vez. Considérala tu igual, porque sois sebai, gemelos».

Los tiempos modernos no han borrado esta creencia. En la aldea de Komodo, subo por una astillada escalera de madera hasta el palafito de un anciano llamado Caco. Ignora su edad pero calcula que tiene 85 años, es muy flaco y usa ga­­fas. El guía me dice que es un gurú de dragones; el anciano no lo contradice. Le pregunto qué opinan los aldeanos de los dragones y del peligro que suponen. «Para el pueblo, este animal es nuestro antepasado –contesta–. Es sagrado.» En el pasado, cuando los isleños cazaban un ciervo, me cuenta, dejaban la mitad de la carne como ofrenda para su pariente con escamas.

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Luego las cosas cambiaron. Aunque no existen datos fiables, parece que la población de dra­gones ha disminuido en los últimos 50 años. El Gobierno estableció leyes de protección en respuesta a la presión de los conservacionistas y consciente del valor económico del turismo relacionado con los dragones. En 1980 gran parte de su hábitat se convirtió en el Parque Nacional de Komodo (KNP), que incluye las islas de Komodo, Rinca y otras más pequeñas. Posteriormente se constituyeron también tres reservas naturales, dos de ellas en la isla de Flores.

Dentro del KNP los dragones están protegidos de cualquier ataque humano. Es más, también las presas de las que se alimentan están protegidas: está prohibido cazar ciervos. Por eso ahora los aldeanos ya no tienen carne que ofrecerles, y eso, dicen algunos, ha hecho que los dragones estén un poco resentidos y se vuelvan más irritables cuando buscan sustento.

Los ataques no son frecuentes, pero recientemente algunos han saltado a las noticias. En 2012 un dragón de Komodo de dos metros de largo entró en una oficina del KNP y mordió a dos guardas forestales, a ambos en la pierna iz­­quierda. Los trasladaron a Bali para que recibieran tratamiento preventivo contra la infección. Ambos se recuperaron. Una mujer de 83 años ahuyentó a un ejemplar de más de dos metros con una escoba y varias patadas certeras. El dragón le mordió la mano, y le dieron 35 puntos. Otros incidentes han terminado en tragedia. En 2007 un dragón atacó a un muchacho llamado Mansur, que durante un partido de fútbol se metió detrás de unos árboles para orinar. Murió desangrado.

Cuando los aldeanos ven acercarse a un dragón o lo descubren persiguiendo al ganado, gritan y le tiran piedras. En cuanto a los que atacan a las personas, el Gobierno los aleja de los pueblos, pero los animales suelen regresar. No todos los encuentros acaban mal. El primer hombre que pasó un tiempo estudiando a los dragones de cerca fue Walter Auffenberg, conservador del Museo Estatal de Florida. En 1969 acampó con su familia en la isla de Komodo durante trece meses para observar de manera minuciosa todos los movimientos de estos animales y documentarlos.

Auffenberg escribió acerca de la visita de unos dragones curiosos que husmeaban en su refugio mientras realizaba el trabajo de campo. Uno le lamió la grabadora, la navaja y los pies. Para animarlo a marcharse, el investigador le correspondió dándole golpecitos en la cabeza con el lápiz. Aparentemente funcionó. Otro «se desperezó a la sombra […] y puso la pata delantera sobre mi pierna mientras dormitaba». Auffenberg logró que se marchara sin incidentes.

En la década de 1970 a Auffenberg no le preo­cupaba la supervivencia de los dragones de Komodo. En la actualidad los científicos se preguntan si estos lagartos podrán seguir adelante.

La salvación de los dragones depende en gran medida de algo tan mundano como la gestión del territorio. Pese a las reservas naturales, los habitantes de Flores queman tierras para transformarlas en huertos y pastos, fragmentando así el hábitat de los reptiles. Además, aún hay quien caza ciervos y jabalíes, tan apreciados por los dragones como por los perros salvajes. Y los científicos sospechan que esos perros pueden perseguir, y hasta matar, a las crías de dragón, que pasan el primer año de vida encaramadas a los árboles pero después bajan al suelo.

Así pues, los dragones de Flores están sitiados: por los aldeanos, los pastos, los arrozales, el mar y los perros. Eso significa menos territorio y menos presas. A largo plazo, supondrá también el declive de la especie.

Si el cambio climático modifica su entorno, los dragones no están preparados para adaptarse a las nuevas condiciones. Ciofi y el ecólogo de la Universidad de Melbourne, Tim Jessop, que estudia a los dragones desde hace un decenio, apuntan que con menos de 5.000 ejemplares dis­persos en unas pocas islas, la diversidad genética es muy reducida, lo cual limita su capacidad de adaptación. Podrían mejorar su reserva genética si nadasen de una isla a otra para aparearse. Pero aunque saben nadar, las fuertes corrientes y las diferencias entre los hábitats isleños los de­­salientan. Además, son muy caseros.

Para conocer mejor a los dragones, Ciofi, Jessop y sus colegas indonesios han capturado y marcado cerca de 1.000 ejemplares y poseen muestras de ADN de 800. Gracias a sus estudios disponen de mucha información sobre el nú­­mero de individuos de las poblaciones, la proporción entre machos y hembras, el índice de supervivencia, el éxito reproductivo y el grado de endogamia de las distintas poblaciones. Las diferencias genéticas que han hallado no se aprecian a simple vista, son códigos internos que en realidad dictan cuáles sobreviven y cuáles no. Luego empieza el juego de las parejas: elucubrar la mejor manera de cambiar de grupo a algunos ejemplares, asegurándose de que no están emparentados entre sí.

Si el número de dragones cayera en picado, podría aplicarse una medida más drástica: trasladarlos a un zoo para reforzar el acervo genético. En Indonesia se han apareado dragones de Komodo en cautividad desde 1965. En 1992 na­­ció la primera cría fuera de Indonesia, en el Zoo Nacional de Washington, D.C. Desde entonces, los intentos de reproducción han sido muy fructíferos. En la actualidad unos 400 dragones de Komodo viven en zoológicos de todo el mundo.

Sin embargo, jugar a ser Dios siembra controversia. Como apunta Jessop: «Podríamos romper la integridad evolutiva al interferir en el camino natural de los animales. Hay personas reticentes a hacerlo». Además, los programas de reubicación de animales «solo funcionan la mitad de las veces», y la transición de pasar de un zoo a vivir en el medio natural no es fácil. Tampoco hay garantía de que al juntar a dos dragones adultos se consiga descendencia, ni de que los dragones puedan sobrevivir a largo plazo en un entorno en el que no todo su hábitat está protegido.

Ciofi y sus colegas urgen a los funcionarios indonesios e intentan involucrar a más gente en la conservación de los dragones. Informan a los habitantes de Flores del peligro que supone para esta especie la pérdida de hábitat y la caza furtiva de presas. Confían en vigilar mejor las áreas protegidas y enseñar nociones sobre la biología de los dragones a los guardas, para que a su vez estos puedan informar a los científicos sobre la evolución de los animales.

Mientras tanto, los turistas que quieran ver dragones (aparte de los perezosos que merodean cerca de los puestos forestales) deberán tener paciencia. Los animales más salvajes no quieren que los encuentren. Durante las dos semanas que paso en las islas lo único que hago es seguir a los biólogos en infructuosas cacerías de dragones. El ritmo brioso de la expedición lo marcan los jóvenes y ágiles indonesios Deni Purwandana Achmad Ariefiandy, encargados del Programa de Supervivencia de Komodo, iniciado en 2007. A continuación va Jessop, un australiano imponente cuya zancada es como tres de mis pasos. Unos cuantos empleados de la reserva natural y un par de lugareños, que no se inmutan ante el calor ni las cuestas, completan el equipo.

Cuando Ciofi y yo llegamos a la isla de Flores, las 26 trampas tendidas por el equipo han captu­rado solo cuatro dragones (y muchos más perros); el año anterior por las mismas fechas fueron 14. Pero esto no tiene por qué indicar una disminución de la población. Las cámaras instaladas junto a las trampas muestran que hay dragones que las olfatean y deciden no entrar en ellas.

Caco, el anciano al que conocí, me contó que antes los aldeanos ofrecían semillas, una hoja de un árbol autóctono, un huevo y el tabaco de un cigarrillo para atraer a los dragones de las colinas. Me entregó unas cuantas semillas y una hoja. Estoy tentado de utilizarlas.

Entonces, el penúltimo día de mi estancia, los astros se alinean a nuestro favor. Hay que revisar tres cepos. En la primera ronda, nada. En la si­­guiente vemos una piel escamosa a través de los agujeros de la tercera trampa. Es un dragón pe­­queño, de apenas un metro desde el hocico hasta la punta de la cola, de unos tres años de edad. Es hermoso (para quienes tengan la mente abierta), con escamas grises, amarillas y anaranjadas y unas franjas oscuras degradadas a lo largo de la cola. Me agacho para verlo mejor por un agujero del metal; me devuelve la mirada con un ojo cuyo iris es amarillo. Los hombres lo sacan con un gancho y una cuerda, le sellan la boca con cinta adhesiva (para protegernos) y con cuidado pero con mano firme le atan las patas delanteras y traseras al cuerpo para inmovilizarlo.

Enseguida comienza una actividad frenética. El equipo mide a toda prisa el animal cautivo, lo pesa y busca (en vano) con el lector el chip subcutáneo que indicaría que ya lo habían capturado con anterioridad. Le sacan sangre de la cola para un análisis genético; lo fotografían desde todos los ángulos. En menos de 20 minutos le quitan la cinta adhesiva y lo liberan. El animal huye como un rayo hacia el bosque, levantando polvo y piedras con las garras: la sensata retirada de un dragón de carne y hueso.

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